El uso del mercurio en los antiguos faros fue una revolución de la ingeniería de finales del siglo XIX. No se utilizaba como combustible para la luz, sino como un mecanismo de rotación de alta precisión.
Los faros utilizaban lentes de Fresnel, que son estructuras masivas compuestas por cientos de prismas de cristal. Estas lentes podían pesar varias toneladas. Para que el faro cumpliera su función, la lente debía girar constantemente para proyectar los destellos característicos que guiaban a los barcos.
En la década de 1890, se perfeccionó el sistema de flotación por mercurio:
Se instalaba una batea circular llena de mercurio líquido.
La lente de Fresnel se montaba sobre un flotador metálico en forma de anillo que "navegaba" dentro de esa batea.
El espacio entre el flotador y la pared de la batea era de apenas unos milímetros, minimizando la cantidad de metal líquido necesaria.
Gracias a que el mercurio prácticamente eliminaba la fricción, el sistema se volvía increíblemente eficiente. Un pequeño motor de relojería (impulsado por pesas, similar a un reloj de pared) era suficiente para mantener la lente girando a una velocidad constante y suave durante toda la noche.
Toxicidad. Los fareros pasaban años respirando vapores de mercurio en espacios cerrados, lo que a menudo derivaba en problemas neurológicos (de ahí proviene, en parte, la mística del "farero loco").
La "limpieza" del mercurio (El proceso de filtrado)
El problema principal era su contaminación. Con el tiempo, el polvo, la humedad y el roce metálico creaban una capa de impurezas en la superficie llamada "dross" o escoria. Esta capa aumentaba la fricción, haciendo que la lente no girara con la suavidad necesaria.
Periódicamente, los fareros debían retirar el mercurio de la batea para filtrarlo.
Se solía pasar el metal líquido a través de una piel de gamuza o un paño de lino muy fino. El mercurio puro atravesaba los poros del tejido, mientras que las impurezas quedaban atrapadas en la tela.
Museo Mineralis


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